
Cada hombre nace dos veces. Nuestro segundo nacimiento, es aquel en el que al terminar esa batalla, con nuestro mayor enemigo. Nuestro enemigo más mortal, nosotros mismos.
Grandes heridas se desprenden de esa gran batalla. Grandes aprendizajes ganamos. No todos son capaces de librarla. No todos son capaces de ganar. Existen aquellos que huyen de sí mismos. De su realidad. También quienes se esconden en sus calmas y oscura cuevas en las que montan su propio espectáculo, y crean justificaciones para nunca salir, para nunca ver, ni sentir.
Sólo unos pocos logran librar su más grande hazaña. Quienes logran entrar en batalla, entran en un mundo de dolor y espanto, pero logran ver el premio mayor. Pueden ver el motivo por el que luchan, y se arman de un escudo impenetrable, y las mayores armas. Logran tener a su lado, ángeles que logran dar consejo y aliento en momentos de mayor crisis.
Es sabido que, dentro de esta lucha, están esos demonios que no desalientan, que nos lastiman y hasta no hacen dudar si es en verdad tenemos que continuar. Nuestro mayor error consiste en escuchar esas voces. Pensar lo que nos dicen.
No importa cuán grande sea nuestro obstáculo por el que tengamos que abrirnos caminos. No podemos nunca retroceder, nunca mirar hacia atrás mientras avanzamos. Nunca dudar de nuestras propias decisiones. Debemos dar nuestros pasos firmes, tal como un toro en una embestida. Ya en el camino vamos a poder encontrar lugares para ver nuestro progreso. Poder ver nuestro avance. Ver nuestros errores. Nunca se ha librado una batalla, en la que no haya heridos. Siempre los hay. Siempre hay bajas, siempre hay que perder pasa saber ganar.
Días enteros, en los que no vamos a poder ver ni siquiera nuestras propias manos. Días de lluvia, con grandes tormentas, que parecen venir del mismo infierno. Bolas de fuego caerán sobre nuestro campo de batalla. Grandes plagas carcomerán nuestra alma. Grandes males nos golpearán hasta hacernos quedar tendidos sobre el suelo.
Todas la lucha que afrontemos, todas las heridas tendrán su recompensa. Todo por esos momentos en los que podremos sentarnos, mirando como una a una, nuestras batallas van cobrando sentido. Todo cobra sentido por esos momentos de pequeño placer.
En esos momentos de pequeños placeres, pequeños deleites en nuestra vida, veremos que fuimos creados para algo más importante, para algo más grandioso. Podremos ver que cada vez que enfrentemos cada uno de nuestros demonios, cada vez que logremos romper cada una de nuestras barreras, podremos ver que cada vez es más complicado sortear esas peleas, cada vez estaremos más cansados. Nuestros brazos nos dolerán, tan solo de levantarse para cubrirnos de un golpe. Cada paso que demos será más pesado. Nuestras piernas se hundirán cada vez más en el lodo.
Es en ese momento en el que tenemos que detenernos a ver el camino. Ver el camino que hemos elegido tomar. Tenemos que ver que hay otro. Que nos hemos equivocado. No es el rumbo que hemos perdido. Sabemos perfectamente a donde queremos llegar. Es sólo que hemos errado la forma de llegar a él. Está bien poder tomar un atajo. No siempre. No tomarlo como un hábito. Tenemos que ver que hay caminos para los que no hemos sido preparados. No hemos sido entrenados.
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